Mi zona de confort siempre ha estado en el conocimiento y el intelecto, por lo que durante el embarazo leí todo lo que pude, desde libros de psiquiatría perinatal hasta blogs testimoniales. Escuché con curiosidad cada anécdota de infancia contada por mi madre, interrogué a amigas y conocidas, intenté recordar la historia de todas mis pacientes y observé situaciones cotidianas de madres con sus hijos en la calle. Como era de esperar, toda esta información me ha servido mucho, pero se hizo completamente insuficiente para bordar la maternidad como herramienta única, sobre todo porque la biología, particular y compleja, lo eclipsa todo.

Existen pocos fenómenos en la naturaleza tan complejos y perfectos como la maternidad. Mucho se ha estudiado sobre la concepción, el embarazo, el parto, la crianza, el apego y el desarrollo del bebé, pero se han explorado de forma insuficiente los cambios psicológicos que experimenta la mujer en este proceso. Cuando nace una guagua, nace también una nueva identidad que debe ser integrada por la madre, lo cual puede ser tan complejo como satisfacer todas las necesidades físicas y emocionales del recién nacido. 

¡El post parto es una verdadera metamorfosis! En este, no solo estamos volcadas a proteger a un ser frágil, dependiente y demandante de comida, sueño, abrigo, contención y amor, sino que al mismo tiempo debemos adaptarnos a un nuevo Yo, que sufre cambios físicos, sociales, emocionales y psicológicos. Es cierto, cuando una mujer se convierte en madre, nunca más vuelve a ser la misma.

Y acá me quiero detener en este punto: no se trata de llegar a ser “una mujer completa”. Lo esperable es que uno se sienta y se sepa una “mujer completa” con o sin maternidad, pero por sobre todo antes de decidir ser madre (si es que se vivencia como una opción). Sino, ¿cómo vamos a ser capaces de integrar una nueva identidad si no teníamos claro quién éramos antes?

Muchas mujeres se sienten perdidas e incomprendidas cuando se encuentran en el limbo que separa quienes eran antes de la maternidad y quienes creían que deberían ser luego de convertirse en madres. A veces se perciben como dos puntos inconexos, lo que las obliga a preguntar “¿qué tengo de malo” o “por qué me está pasando esto a mí”, cuando lo cierto es que esto es un sentimiento extremadamente común entre las madres primerizas.

Tomar conciencia sobre los desafíos emocionales que implica convertirse en madre y conocer el propio funcionamiento psicológico, ayuda a normalizar y validar este vertiginoso y –aún- desconocido proceso.

Dicho esto, sabemos que para la mayoría de las mujeres la maternidad es un momento de felicidad plena, pero pocas se atreven a reconocer, al menos públicamente, que también es un período en el que se experimenta frustración, angustia, comparación, exitismo, preocupación, culpa, decepción, miedo e incluso pánico. Porque en la maternidad no existen momentos buenos o malos, sino que buenos y malos.

Aprender a tolerar y a convivir con esta ambivalencia es uno de los principales desafíos. Por suerte, no se trata de algo estático, sino que va y viene como oleadas en distintos momentos y con distintas intensidades (confieso que en mi caso se vive como una marejada cuando debo despertar más de lo normal en la noche). La ambivalencia es normal, nos pasa a todas, no te hace mala madre, te hace humana. Es la manera que tienes para “negociar” – en cualquier relación significativa – tu espacio vital físico y emocional.

Tal como dije en un comienzo, mi constructo de maternidad lo formé en base a la lectura, a mi historia familiar, a mi cultura y a la observación de otros modelos a mi alrededor. Todas hacemos esto. El riesgo esta en la idealización, la cual puede ser tan potente, que cuando confrontada con la realidad, esta última decepciona y se hace intolerable.

En los últimos años, algo que ha contribuido de sobre manera a la idealización de la maternidad han sido las redes sociales, sobre todo Instagram y Pinterest. Con frecuencia vemos a diosas de la fecundidad, siempre alegres, seguras de si mismas, multifuncionales, lecheras, cocineras, buenas para las manualidades, organizadas, puntuales, sexies, lindas y radiantes. ESA MUJER NO EXISTE. Es un ejemplo de ficción en el que se muestra a la perfección como un ideal siempre inalcanzable, generando gran frustración, vergüenza y culpa entre quienes se comparan con esa imagen.

Muchas mujeres no se atreven a compartir sus experiencias de frustración y fracaso por temor a ser criticadas y juzgadas – por otras mujeres – lo que trae como consecuencia el aislamiento e incluso la depresión. Conversar y escuchar empáticamente, crear redes y acompañarse entre mujeres es una de las herramientas más valiosas que tenemos para facilitar esta transformación hacia la maternidad.

Para ser buena madre no hay que ser perfecta, sólo basta con ser “suficientemente buena” (término acuñado por Winnicott). Esto no es un consejo mediocre, sino uno realista, que conduce a liberarte de la presión por tomar decisiones imposibles, o peor aún, a negarte de la posibilidad de integrar tu nueva identidad: de esa mujer poderosa, pero que además ahora es madre.

¡FELIZ DÍA DE LA MADRE! Xx. María Ignacia.

Y ahora, las invito a todas a compartir su experiencia de transformación 🙂

Acá les resumo la mía en una foto…

 

¡Suscríbete al Newsletter!

Forma parte de la exclusiva comunidad de Pasión de María.